MADUREZ EN EL LIDERAZGO DIRECTIVO
Durante muchos años pensé que algunos directivos tenían un problema de exceso de velocidad. Con el tiempo descubrí que el problema era otro.
Recuerdo especialmente el caso de un empresario que concentraba prácticamente toda la capacidad de decisión de la compañía. Era propietario, dirigía la empresa, impulsaba la innovación y asumía la responsabilidad de casi cualquier decisión importante. Tenía una enorme capacidad para anticiparse. Mientras el resto del equipo estaba resolviendo los problemas de hoy, él ya estaba pensando en los de dentro de seis meses.
Sin embargo, cuanto más aceleraba él, más se detenía la organización.
El equipo no se resistía al cambio; simplemente nunca se habían sentido parte de él.
El mayor avance de aquel proyecto no fue implantar una nueva estrategia comercial, ni siquiera generar una dinámica de toma de decisiones. Fue conseguir que las personas encontrasen el lugar en el equipo que nunca habían tenido.
El empresario empezó a interpretar que dedicar tiempo a escuchar, implicar y hacer crecer al equipo no retrasaba la solución de los problemas. Al contrario, era la única forma de dejar de resolver siempre los mismos problemas.
Ese proceso cambió la manera en la que el empresario entendía cómo debía guiar la organización. Descubrió que muchas veces la solución no consiste en acelerar las acciones, sino en dedicar tiempo a construir un equipo capaz de comprender y avanzar por sí mismo. Esa nueva forma de afrontar los problemas le aportó una tranquilidad y claridad que nunca había experimentado.
Curiosamente, a partir de ese momento los problemas no desaparecieron, pero eran los propios de una empresa preparada para seguir creciendo con un camino común para todo el equipo, y sobre todo, una motivación nunca vivida.
La madurez en el liderazgo directivo consiste en dejar de demostrar que eres el que mejor sabe resolver los problemas, para empezar a conseguir que la organización aprenda a resolverlos contigo disfrutando además del camino.

